Dos cubanos reparan
su coche en una calle de La Habana Vieja.
(GORKA LEJARCEGI)
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De izquierda a
derecha, Raúl Castro, hermano de Fidel; Carlos Lage, vicepresidente
cubano, y Felipe Pérez Roque, ministro de Asuntos Exteriores.
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De izquierda a
derecha, Ricardo Alarcón, presidente de la Asamblea Nacional
cubana; Mel Martínez, senador republicano por el Estado de Florida,
y Juan Miguel González, el padre de Elián, el niño balsero.
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"Castro estaba
angustiado por la idea de que el socialismo podría no
sobrevivirle"
La caída de la URSS
precipitó el final de los subsidios a Cuba y la economía se
derrumbó
Funcionarios cubanos y
estadounidenses temen disturbios cuando muera Castro
Si Castro muere, Raúl
compartirá el poder con Pérez Roque, Alarcón y Carlos
Lage
Dadas las carencias en
la isla, todo el mundo tiene algún contacto en el mercado
negro
A media tarde de un viernes de marzo, se concentró una
muchedumbre en el centro de La Habana para manifestarse en contra
de un incidente ocurrido la noche anterior en San Juan de Puerto
Rico. Durante un partido entre Cuba y Holanda dentro del primer
torneo internacional Clásico de Béisbol, un espectador alzó un
cartel hacia las cámaras de televisión en el que se leía "Abajo
Fidel" y gritó palabras similares a los cubanos que se encontraban
en el terreno de juego. Entre ellos estaba Antonio Castro, un
cirujano ortopédico que es el médico de la selección cubana e hijo
de Fidel Castro. Un funcionario cubano se enfrentó, indignado, al
espectador, y la policía portorriqueña le detuvo. Quedó en libertad
después de recibir un discurso sobre la libertad de expresión. Cuba
ganó 11 a 2, pero, al día siguiente, en tono muy ofendido, el
periódico oficial del Partido Comunista Cubano, Granma,
lamentó las "cínicas provocaciones contrarrevolucionarias" de los
funcionarios estadounidenses y Puerto Rico.
La concentración se celebró, como casi todos los acontecimientos
de este tipo últimamente en La Habana, ante la Sección de Intereses
de EE UU, un moderno edificio de siete pisos en una curva del paseo
marítimo de la ciudad, el Malecón. Dado que no hay relaciones
diplomáticas entre EE UU y Cuba, la Sección de Intereses sirve de
Embajada de facto (en realidad, el edificio forma parte de la
Embajada suiza). Hace seis años, durante la batalla por la custodia
de Elián González, el niño de cinco años rescatado después de que
su madre y otras personas se ahogaran mientras trataban de llegar a
Florida en una lancha motora, Castro ordenó la construcción de un
foro de protesta permanente en una isla de tráfico situada frente a
la Sección. Hoy, el Tribunal anti-imperialista (nombre que recibe
el lugar) está formado por un estrado elevado, lleno de focos,
sobre un centro de mando que es una especie de búnquer. Una gran
pancarta muestra un montaje fotográfico de hombres armados, casas
incendiadas, gente que llora y un torvo veredicto: "Vosotros
hicisteis esto".
La concentración no estaba abierta al público en general. En las
barricadas que protegían los accesos montaban guardia varias
docenas de policías. Unos centenares de personas, sobre todo
funcionarios deportivos, deportistas y familiares suyos, escuchaban
mientras un jugador de béisbol decía a la multitud: "¡Pese al
desvergonzado robo de nuestros jugadores, y los constantes ataques
contra nuestra gente, todavía no han podido disminuir la calidad de
nuestro equipo!". Un anciano negro subió al escenario para contar
que, en su juventud, había jugado al béisbol en EE UU. "Conocí el
racismo de aquel país personalmente, cuando me obligaban a sentarme
en la parte trasera de los autobuses y a comer en la cocina". Tras
él llegó la madre de uno de los jugadores. Después de denunciar la
"provocación" de Puerto Rico, se despidió con un "¡Viva
Fidel!".
Fidel no estaba presente, pese a que, como la mayoría de los
cubanos, se toma el béisbol muy en serio (durante años, se corrió
el mito de que, cuando era estudiante, un equipo de la liga
profesional estadounidense se había interesado por él). Castro, que
cumplirá 80 años el 13 de agosto, aparece cada vez con menos
frecuencia en público, y muy pocas veces en actos en los que hay
extranjeros. Durante varios decenios, su legendaria energía le fue
muy útil. Tenía 32 años cuando derrocó al dictador cubano Fulgencio
Batista en 1959, con una guerrilla de barbudos entre los que estaba
Ernesto Che Guevara. Castro se presentó como un nacionalista
decidido a erradicar de Cuba la cultura de casinos dirigidos por
gángsteres y poner fin a su reputación de ser "el burdel del
Caribe". Una vez en el poder, dio un rápido giro hacia la
izquierda, nacionalizó las grandes plantaciones (entre ellas, la de
su madre) y empresas de propiedad extranjera, y se acercó a la
URSS. En 1961, la CIA., con ayuda de exiliados cubanos, organizó la
invasión de Bahía de Cochinos para apartar a Castro del poder.
Sufrieron una derrota ignominiosa y, desde entonces, pese al
embargo comercial aplicado por EE UU y numerosos intentos de
asesinato, Fidel Castro ha sobrevivido a nueve presidentes
estadounidenses. Es el gobernante más antiguo del mundo.
En junio de 2001, Castro se desmayó debido al calor mientras se
dirigía a una muchedumbre, y en 2004, después de pronunciar un
discurso, tropezó y se cayó, con el resultado de la rótula
izquierda hecha pedazos y el brazo derecho roto. Aunque sigue
pronunciando las largas peroratas por las que es famoso, a veces le
tiembla la mano y anda de forma inestable; en ocasiones se le ve
olvidadizo e incoherente; y de vez en cuando se duerme en público.
En un informe presentado al Congreso en 2005, la CIA notificó que
Castro sufría la enfermedad de Parkinson. Castro se burló del
documento, dijo que, aunque fuera cierto, era capaz de permanecer
en el cargo, y citó al papa Juan Pablo II como modelo.
Esta primavera, un amigo de Castro y veterano miembro del
Partido me dijo que el líder cubano estaba angustiado por hacerse
viejo y obsesionado por la idea de que el socialismo podría no
sobrevivirle. Por eso, Castro ha lanzado su última gran lucha, la
que denomina la Batalla de las Ideas.
Su objetivo es lograr que los cubanos vuelvan a comprometerse
con los ideales de la revolución, sobre todo los jóvenes que
alcanzaron la mayoría de edad durante el llamado Periodo Especial.
En los primeros años noventa, la caída de la Unión Soviética
precipitó el final de los subsidios a Cuba, y la economía se
derrumbó. La crisis obligó a Castro a autorizar más apertura en la
vida económica y civil de la isla, pero ahora parece empeñado en
invertir esa tendencia. En un discurso pronunciado el pasado mes de
noviembre, declaró: "Este país puede autodestruirse, esta
revolución puede acabar consigo misma". Se refirió a Estados Unidos
para decir: "No pueden destruirla, pero nosotros sí. Podemos
destruirla, y sería culpa nuestra". Y en mayo, durante un airado
debate televisivo de siete horas que convocó para protestar por su
inclusión en la lista de los dirigentes más ricos del mundo según
Forbes (la revista valoraba su fortuna en 900 millones de
dólares), dijo: "Debemos seguir pulverizando las mentiras que se
dicen en nuestra contra... Ésta es la batalla ideológica, todo es
la Batalla de las Ideas".
Castro ha abordado la campaña como un mariscal de campo, con un
Mando Central de leales ideólogos sacados de la Unión de Juventudes
Comunistas, la U. J. C. Algunos cubanos les llaman,
sarcásticamente, los talibanes. Quizá sería más apropiado
compararles con la Guardia Roja: en cierto sentido, la Batalla de
las Ideas ha pasado a ser la Revolución Cultural de Cuba, aunque
sin la violenta intensidad de aquella. El Mando Central de Castro
organiza manifestaciones y envía "batallones" especialmente
reclutados de Trabajadores Sociales, que intervienen en casi todas
las áreas de la vida diaria. A principios de este año, cuando
Castro anunció que los cubanos debían empezar a usar más bombillas
de ahorro, los batallones fueron de casa en casa por todo el país
para repartir las bombillas y asegurarse de que las instalaban.
En privado, muchos cubanos consideran la Batalla de las Ideas
como un espectáculo que tienen que tolerar pero que no cuenta nada
en su vida. Pocos ganan suficiente para comer bien ni mucho menos
vivir con desahogo. Como consecuencia de las carencias endémicas de
la isla, casi todo el mundo tiene algún contacto con el mercado
negro. La tensión entre la Cuba pública de concentraciones y
tribunales y esta otra oculta es cada vez mayor, y varios
funcionarios cubanos y estadounidenses con los que he hablado temen
que el caos contenido hasta ahora estalle en claros disturbios
cuando muera Castro: saqueos, motines y asesinatos por represalias.
El senador Mel Martínez, de Florida, que salió de Cuba cuando tenía
15 años, en 1962, dice: "Mi esperanza es que haya una de esas
maravillosas revoluciones europeas, como la Revolución de
Terciopelo
[la separación pacífica de la República Checa y Eslovaquia], sin
violencia, pero, con todo lo que ha ocurrido -la represión y la
mano de hierro de quienes llevan tanto tiempo en el poder-, podría
crearse un vacío, y eso favorece la posibilidad de violencia". A
los cubanos les preocupa la reacción que puedan tener EE UU y el
exilio de Miami, que lleva decenios preparada para la desaparición
de Castro. Tanto para ellos como para los posibles sucesores de
Castro, éstos son tiempos de enorme ansiedad.
Hubo un tiempo en el que los chistes sobre la supuesta
inmortalidad de Fidel Castro constituían un canon en La Habana. En
uno, le regalaban una tortuga, pero él la rechazaba cuando se
enteraba de que podía vivir más de 100 años. "Eso es lo malo de los
animales", decía Castro. "Uno les toma cariño, y luego se mueren".
Ahora, casi todos los chistes se basan en la situación contraria.
Por ejemplo: Castro se ha muerto y su cuerpo está en exposición.
Los visitantes hacen cola para presentarle sus respetos. Encabeza
la fila Felipe Pérez Roque, el ministro cubano de Exteriores, de 41
años, al que suelen llamar Felipito (también le llaman "talibán", a
sus espaldas). Pérez Roque se detiene ante el ataúd de Castro e
inclina la cabeza, mientras Ricardo Alarcón, presidente de la
Asamblea Nacional cubana, aguarda su turno. Pasan los minutos;
Alarcón se impacienta, da un toque en el hombro a Pérez Roque y
murmura: "Felipito, ¿a qué esperas? Está muerto, lo sabes, ¿no?"
Pérez Roque responde, también en un susurro: "Yo sé que está
muerto; sólo que todavía no sé cómo voy a decírselo a él".
Son muy pocos los cubanos dispuestos a hablar abiertamente sobre
"la sucesión". Hace poco, Castro confirmó que, tal como creían
muchos, tiene previsto que su hermano Raúl, ministro de Defensa,
herede la dirección del partido Comunista Cubano. En una entrevista
concedida a un periodista europeo, dijo que no tenía "ninguna duda"
de que, si muere, la Asamblea Nacional elegirá a Raúl. Ahora bien,
dada la edad de Raúl -tiene 75 años-, lo que se piensa en La Habana
es que compartirá el poder con un triunvirato civil compuesto por
Pérez Roque, Alarcón, que tiene 69, y Carlos Lage, el zar económico
del país, que tiene 54 años. Aurelio Alonso, sociólogo, editor y
miembro del Partido Comunista, me explicó: "Éste solía ser un tema
tabú, pero últimamente Fidel ha empezado a hablar de él. En
cualquier caso, la salida de Fidel no me preocupa por quién le
sucederá; ya se sabe que existe un equipo de recambio preparado", y
mencionó a Alarcón, Pérez Roque y Lage. "Eso no significa que no
haya problemas. Los habrá".
Una tarde de abril, me entrevisté con Alarcón en el barroco
Salón Presidencial del venerable Hotel Nacional. El Nacional, cuyas
habitaciones dan al Malecón, se construyó en 1930, y en su apogeo
anterior a Castro era la residencia en La Habana de gángsteres como
Meyer Lansky. Hoy es el hotel preferido de visitantes como Leonardo
DiCaprio, Muhammad Alí y Naomi Campbell. Mientras examinábamos
nuestros menús, el gerente me informó de que, en una ocasión, Al
Capone había cenado en esa misma sala.
Al oírlo, Alarcón sonrió con cierto embarazo. Es un hombre
delgado y hablador, de rostro juvenil y frente amplia, que llevaba,
como siempre, una guayabera blanca. Empezó a hablar sobre la larga
y complicada relación con Washington. "Cincuenta años de la misma
política, que -hay que decirlo- ha fracasado", afirmó. "Por
supuesto, ahora esperan a la próxima generación, convencidos de que
este Gobierno está acabado. Pues bien, si es así, supongo que yo
también estoy acabado, porque soy miembro de la generación
saliente". Aquí, Alarcón hizo una pausa. "En Francia transcurrió
medio siglo desde la época de la monarquía de Luis XVI, la gran
revolución, la guillotina, toda la contrarrevolución posterior, el
bonapartismo, la república burguesa de la década de 1830. Todos los
giros y transformaciones que sufrió Francia se produjeron en el
mismo plazo de tiempo durante el que hemos conseguido mantener la
revolución cubana en el poder. Ni siquiera Robespierre pudo decir
algo así; ni pudo decirlo Napoleón. ¡Hemos hecho mucho!".
Alarcón lleva muchos años tratando con los estadounidenses.
Salió de la Universidad de La Habana para dirigir la oficina de EE
UU del Ministerio de Exteriores en 1962, cuando tenía sólo 25 años,
y fue nombrado embajador de Cuba ante la ONU en 1966. En 1992,
Castro le designó ministro de Exteriores pero, menos de un año
después, le trasladó al cargo relativamente discreto de presidente
de la Asamblea Nacional. En su momento, se consideró un descenso,
pero le proporcionó experiencia en política interior por primera
vez desde su juventud. Además de eso, ha seguido siendo el
principal asesor de Castro sobre EE UU (interrumpió nuestra cena en
el Hotel Nacional para atender una llamada de Castro en su teléfono
móvil). Alarcón estuvo estrechamente relacionado con el caso de
Elián González y fue el principal consejero del padre del niño,
Juan Miguel González, que viajó a EE UU para disputar a los
familiares la custodia de su hijo. Dos meses y medio después,
cuando Elián volvió finalmente a casa, Alarcón le recibió en el
aeropuerto. Para Castro, el regreso de Elián fue una gran victoria
simbólica sobre sus adversarios de la comunidad en el exilio.
La última causa de Alarcón está relacionada con los Cinco
Héroes, como se les conoce en Cuba, cinco espías cubanos que
cumplen condenas en EE UU. En enero de 1996, Alarcón, en plenas
negociaciones secretas con la Administración de Clinton para
mejorar las relaciones, notificó a los estadounidenses que Cuba
había recibido informaciones de que Hermanos al Rescate, un grupo
de exiliados de Miami, estaba preparando vuelos ilegales para
lanzar panfletos sobre La Habana. Ya habían realizado vuelos de ese
tipo, y la administración se había ofrecido a hacer todo lo posible
para detenerlos. La Casa Blanca transmitió los datos de Alarcón al
cuartel general del FBI en Florida, pero no se hizo nada para
impedir que los aviones despegaran. La Fuerza Aérea Cubana derribó
dos de ellos y mató a cuatro estadounidenses de origen cubano. Como
represalia, el presidente Clinton firmó la Ley Helms-Burton, que
reforzaba el embargo contra Cuba. Asimismo, el FBI intensificó la
búsqueda de las fuentes cubanas y, en 1998, detuvo a los Cinco. En
2001, un jurado de Miami les declaró culpables de varios cargos,
entre ellos "conspiración para el espionaje", y a uno de ellos, del
asesinato de los pilotos de Hermanos al Rescate. Les condenaron a
penas entre 15 años y dos cadenas perpetuas consecutivas. (En
agosto del año pasado, un tribunal de apelaciones ordenó un nuevo
proceso y declaró que los hombres no había tenido un juicio justo
debido a los "prejuicios generalizados en la comunidad").
Alarcón reconoce que los Cinco eran espías, pero afirma que no
pretendía causar perjuicio a EE UU, y que su propósito era prevenir
el terrorismo. "Mire, eran cinco personas que llevaban a cabo una
misión. Igual que EE UU cree que debe tener más capacidad de saber
y predecir, Cuba tiene desde hace mucho tiempo la necesidad de
defenderse, con la diferencia de que el terrorismo contra Cuba lo
ha patrocinado Estados Unidos".
Alarcón se ha propuesto llevar a los Cinco a casa como cruzada
personal; cualquier conversación con él acaba hablando de ellos. Le
pregunté si no había algo de conciencia culpable. ¿No había
traicionado Cuba, indirectamente, la presencia de los cinco hombres
en Miami? Alarcón respondió: "No piense ni por un instante que Cuba
cometió el error de dar una información que ofreció pistas a los
americanos para encontrarlos. Puede que seamos aficionados en el
béisbol, pero en este asunto somos verdaderos profesionales".
Como la mayoría de los más estrechos colaboradores de Castro,
Alarcón es decididamente discreto en público y nunca contradice a
su jefe, pero su carácter afable y su larga experiencia con los
estadounidenses -a los que, en general, cae bien- hacen que casi
todos los cubanos le consideren un moderado. Representa una figura
conocida y tranquilizadora para los extranjeros que visitan Cuba;
durante mi estancia en La Habana, recibió a una delegación de
Vietnam y a Louis Farrakhan. Alarcón es, desde hace mucho tiempo,
uno de los principales candidatos al puesto de primer ministro en
un gobierno de transición. Pero no hay nada seguro; Castro tiene la
costumbre de cambiar a la gente de repente de un puesto a otro.
Alarcón puede tener seria competencia por parte de Pérez Roque, al
que se considera portavoz fundamental de la Batalla de las Ideas de
Castro.
Pérez Roque es un hombre bajo y fornido, con un aspecto
semejante al de un bull terrier. Fue secretario personal de
Castro a los 21 años, y permaneció en el puesto otros siete. Nadie
duda de que está dedicado en cuerpo y alma a Castro, cuyas
opiniones y políticas adopta con un fervor que no tiene
equivalente, ni siquiera en Cuba. En 1999, Castro le nombró
ministro de Exteriores. Pérez Roque tenía sólo 34 años, y parecía
torpe y poco preparado; le apodaron Fax, en el sentido de que era
un mero transmisor de las opiniones de Castro. Desde entonces ha
madurado y se ha ganado cierto respeto, aunque no popularidad. El
viejo fiel al Partido me decía que, desde luego, Castro ha
"escogido" a Pérez Roque para encabezar el equipo de sucesión bajo
la supervisión temporal de Raúl, pero que Pérez Roque es "demasiado
estrecho de miras" para la siguiente generación de cubanos. Otros
con los que hablé estaban de acuerdo. Todos recuerdan que, cuando
Castro se desmayó en 2001, fue Pérez Roque quien se acercó al
micrófono y, en una muestra de celo, animó a la multitud con gritos
de "¡Viva Fidel! ¡Viva Raúl!".
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia