El estadounidense
Kevin Mitnick se ha ganado a pulso el apelativo de "hacker más
famoso del mundo".
(SUSANNA
SÁEZ)
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"Ahora hay mucho
'hacking' que no lo hacen 'hackers' tradicionales sino piratas
criminales que buscan enriquecerse"
Mitnick pasó cinco años
en la cárcel y tres sin poder tocar un ordenador por robar
programas de telefonía
El estadounidense Kevin Mitnick se ha ganado a pulso el
apelativo de "hacker más famoso del mundo". Su afición por
los sistemas telefónicos e informáticos empezó a los 13 años, hasta
encabezar la lista de los más buscados del FBI. Al final lo cazó un
experto japonés en 1995. Lo localizaron por una llamada con su
teléfono móvil. Fue condenado a cinco años de cárcel por haber
conseguido, gracias a sus habilidades en la intromisión
informática, programas propietarios de aparatos de telefonía móvil.
Tras salir de la cárcel, durante tres años tuvo prohibido acercarse
a un ordenador o móvil porque, según el fiscal, con sólo una
llamada era capaz de provocar un holocausto nuclear. Sólo podía
emplear telefonía fija. Ahora, a punto de cumplir los 43 años,
dirige su propia empresa de consultoría sobre seguridad y asesora a
los que antes le temían. Esta semana está en Barcelona donde
participa en la CISO Executive Summit, que agrupa a dirigentes
empresariales preocupados por la seguridad informática en sus
corporaciones. Cordial y trajeado, se tomó un descanso en sus
obligaciones para atender a este diario. Mitnick es el ejemplo
clásico de la diferencia entre un hacker y un
cracker. El primero, se entromete e incluso roba en los
sistemas informáticos pero lo hace sin ánimo de lucro o de provocar
daño. Por curiosidad intelectual o movido por la denuncia social.
El cracker, igualmente habilidoso con la informática, es
sencillamente un delincuente que busca su beneficio..
Pregunta. Su encarcelamiento provocó la mayor campaña a
favor de un hacker en la historia de Internet, con el lema
Free Kevin (Liberad a Kevin). ¿Le llegaban los ecos en la
prisión?
Respuesta
. Un poco y me daba moral. Los primeros ocho meses estuve
incomunicado porque decían que mi caso afectaba a la seguridad
nacional. Fue horrible. Pasaba la mayor parte del tiempo estudiando
leyes y trabajando con mis abogados, porque mi caso era
relativamente nuevo. Leía mucho y, al final, pude hablar por
teléfono. Así escapaba mentalmente.
P. ¿Después de eso, cree en la Justicia?
R. En la norteamericana, no.
P. ¿Las actuales leyes para delitos informáticos son
buenas?
R. Depende de las leyes. Me parece terrible la rapidez
con que el Gobierno norteamericano señala a un hacker como
terrorista y decide que se le debe dar el mismo castigo. La gran
mayoría de gente que está haciendo hacking, por el simple
reto, o incluso para robar dinero, no son terroristas. Pronto, ya
no los llamarán terroristas sino enemigos de guerra.
P. ¿El castigo para un chico curioso que juega a ser
hacker debería ser la prisión?
R. Lo que necesita un chico así es redirigir sus energías
hacia algo positivo. Sería mejor condenarle a trabajar para la
comunidad, por ejemplo. Además, no tiene una intención criminal. El
problema es que, en Estados Unidos, el hacking es
automáticamente un crimen. Debería tenerse en cuenta el objetivo
final: robar es una cosa y buscar conocimiento, otra. Así, hay
gente joven, de 18, 22 años, a quienes les ponen una marca, la de
haber cometido un delito grave, para el resto de su vida.
P. Como le pasó a usted.
R. Me trataron como a un terrorista: más de cuatro años
en prisión sin juicio ni fianza. Usaron mi caso para hacerse
publicidad, para sus juegos políticos, portadas en la revista
Time... Los fiscales consiguieron mejores trabajos, John
Markoff vendió un libro sobre mí con informaciones falsas, me
utilizaron.
P. ¿En su corazón, qué cree que hizo mal para merecer la
prisión?
R. Introducirme en sistemas informáticos de otras
personas y coger información que no era mía. Por ejemplo, estaba
muy interesado en un teléfono concreto, que funcionaba con un
programa propietario. Hackeé esta empresa y cogí una copia
del programa. La razón era que quería aprender cómo funcionaba,
pero robé, y aquello estuvo mal.
P. ¿Al salir de la cárcel, cómo hizo para ponerse al
día?
R. Ya cuando estaba en prisión, la gente me enviaba
libros. Un año antes de salir, se me permitía acceder a una
habitación donde había ordenadores, para usar el correo
electrónico. Mi gente me mandaba mensajes, cuyos encabezados eran
revisados por el personal de la prisión. Eran tan estúpidos que
creían que me mandaban los mensajes con algún tipo de código
secreto, tan paranoicos estaban conmigo.
P. ¿Cuando salió, había cambiado el mundo de los
hackers?
R. Ahora hay mucho hacking que no está hecho por
hackers tradicionales sino por piratas criminales que van a
enriquecerse. En mis tiempos, primaba la curiosidad intelectual y
el reto. Éste ha sido el principal cambio y es el principal
problema.
P. ¿Sigue en contacto con el mundo hacker?
R. Por supuesto, vivo de esto y tengo que estar en
contacto. La mayoría de hackers que conozco son de mis
tiempos y ahora trabajan cuidando la seguridad informática de
empresas y gobiernos, para parar a los auténticos criminales.
P. Su especialidad es la ingeniería social, la
manipulación de personas para que suministren información que no
deben dar. ¿Salieron nuevas técnicas, mientras estabas en
prisión?
R. Sí, en el sentido de las historias que se cuentan para
engañar, pero la metodología siempre ha sido la misma:
manipulación, engaño e influencia. En un ataque de ingeniería
social te pones un disfraz, creas una identidad que crea confianza
en la persona o empresa que vas a atacar. Por tanto, cada ataque
tiene una historia, una razón para pedir a alguien lo que quieres,
pero la base es la misma.
P. ¿Ha inventado nuevas técnicas de ingeniería
social?
R. No, pero he perfeccionado algunas, creando buenas
historias, entendiendo la psicología de la gente y encontrando
formas de convencerla para que me dé la información. Si te pones en
un buen papel, obtener información es muy simple, la gente la da
sin pensar, de una forma increíble. Por ejemplo, haciéndote pasar
por periodista de EL PAÍS, o lo que vemos cada día en el correo
electrónico: mensajes que quieren convencernos de pinchar en un
enlace que lleva a una web maliciosa o a un archivo que
contiene un virus.
P. ¿La ingeniería social es el punto más débil de las
empresas?
R. Sí. No entrenan bien a su gente para que no se deje
engañar, no tienen políticas de seguridad, no clasifican la
información, no usan la tecnología para que tome decisiones que un
operador humano, más débil, puede tomar mal. El gran problema de
las empresas es cómo autentifican a las personas. En el mundo de
los ordenadores, si no tienes la contraseña no puedes entrar. Pero
si alguien llama por teléfono se le cree sin más.
P. ¿Cuál es la peor amenaza actual en seguridad
informática?
R. El código malicioso, como los virus, los
exploits (programas para atacar) que no se conocen
públicamente y la ingeniería social.
P. ¿En su empresa, Mitnick Security Consulting, contrata
a hackers?
R. Hackers éticos, sí. Criminales, no.