LA VENGANZA DEL 'NEGRO'
Escritores españoles que en su día trabajaron de forma
anónima para otros autores aseguran que los negros o jornaleros
literarios suelen tender trampas en sus libros. Ésa, según ellos,
ha podido ser la causa que subyace tras el escándalo desatado esta
semana por el libro que firma la presentadora del programa
Sabor a ti.
FRANCISCO PEREGIL
Nadie o casi nadie en el mundillo literario cree la versión de Ana
Rosa Quintana. Y los que menos se la creen son los que trabajaron
en su día de negros, concepto tan racista como ilustrativo (si les
llamáramos esclavos ¿sería un concepto esclavista?) que define en
el argot a los creadores anónimos que escriben para otras personas
sin recibir ni la fama ni la gloria ni mucho menos el dinero de la
autora. Quintana, presentadora del programa Sabor a ti, ha
firmado un libro titulado Sabor a hiel que lleva vendidos
unos cien mil ejemplares al precio de 2.250 pesetas en la editorial
Planeta. Cuando la revista Interviú publicó esta semana
párrafos enteros de Sabor a hiel donde se reproducían
todas las palabras, excepto los nombres propios, de una novela de
la estadounidense Danielle Steel titulada Álbum de
familia, la escritora novel, presentada en la solapa de la
novela como "una de las licenciadas en periodismo más risueñas que
ha dado la Universidad Complutense de Madrid", alegó que todo se
debía a un error informático producto de su inexperiencia con los
ordenadores. Ordenadores que tuvieron la consideración de cambiar
los nombres anglosajones por los españoles y allá donde aparecía
Ward surgió el de Francisco, y donde Faye brotó el de Adriana. El
escritor Juan José Millás, que antaño dispuso su pluma al servicio
de otros para redactar discursos, está convencido de que cuando se
trabaja como esclavo literario se desarrolla un rencor muy
comprensible que induce a tenderle trampas al amo. "A mí me
encantaba escribir cosas de otros autores sin citar su origen,
jugar con palabras que iban dirigidas a mí mismo, inventarme
acrósticos... Es la única compesación que sientes cuando el brillo
y el dinero se lo lleva otro. Por eso es peligrosísimo encargarle
algo al negro. Pero esto que ha pasado es muy ilustrativo de los
tiempos de voracidad editorial en que vivimos. Estoy convencido de
que ese libro no lo ha escrito ella. Ha sido el propio negro el que
le ha copiado esas páginas". Las editoriales consultadas por este
periódico, entre ellas Planeta, aseguran que no disponen de
semejante figura laboral. "Yo siempre creí que eso de los negros
era una leyenda como la de los agentes secretos", señala Bernardo
Atxaga, novelista que ha estudiado con gran profundidad la cuestión
del plagio en su obra Lista de locos y otros alfabetos.
Sin embargo, haberlos haylos. A veces trabajan para un ciclista, un
jugador de fútbol o un cantante. Aparece el nombre del famoso y en
ningún sitio, o en letra muy pequeña, el del escritor, en muchos
casos periodista. Una veces cobran 200.000 pesetas por una
biografia, otras 50.000 por un guión de radio, y en ocasiones
10.000 pesetas por un artículo que firma cierto consejero de la
Comunidad de Madrid. Un detalle importante les caracteriza:
mientras el autor suele llevarse un diez por ciento de las ventas,
el jornalero sólo percibe lo acordado en principio. Si la obra se
convierte en un éxito rotundo y llega a vender cien mil ejemplares,
el escritor anónimo, mientras observa en silencio cómo engordan las
ganancias del que firma el libro, no cobrará más que lo que le
dieron en su día. Ejemplos de jornaleros no faltan. Del escritor
maldito, bohemio y estrellado Alejandro Sawa declaró Rubén Darío:
"Tuvo en su espíritu una llama genial". Tal vez fue esa misma llama
la que animó al gran poeta a pedirle, cuando ambos eran jóvenes y
desconocidos. que le escribiera varios artículos En cuanto el
dinero no llegaba a la mano de Sawa, la amistad se resentía y el
esclavo se revelaba: "¿Me impulsas a la violencia?", le escribió
Sawa a Darío. "Yo no soy el amigo herido por la desgracia que pide
ayuda al que consideraba como un gran amigo suyo: soy un acreedor
que presenta la cuenta de su trabajo... Serás en lo porvenir, para
mí, como un muerto, o mejor, como si no hubieras existido". Acto
seguido, como se encargó de descubrir recientemente el escritor
Andrés Trapiello, Sawa le enumeraba a Darío todos los artículos que
aquél le había escrito y éste no le había pagado. El propio
TrapieIlo, que también trabajó de jornalero literario, se muestra
partidario de la teoría sobre la venganza del esclavo. "Es que es
inevitable dejar tu impronta en algo. Yo le escribí la biografia a
un pintor. Y, por supuesto, me inventé anécdotas. Al final, este
pintor terminó creyéndose que la biografia la había escrito él.
Hasta tal punto era así que citaba como propias experiencias
apócrifas con las que yo había adornado su diario. Le hice vivir
cosas que nunca vivió". José Luis Coll, que ha sido asalariado
anónimo de una de las mejores plumas del periodismo de este siglo,
respeta el trabajo del esclavo siempre que éste no incurra en el
plagio. "Prefiero que me desvalijen la casa o me roben el coche
antes que una idea. Lo de Ana Rosa Quintana tiene un nombre claro:
un atraco, una hijoputada".
-¿Quieres escribir un libro?
-¿Sobre qué?
-¿Quieres o no quieres escribirlo? Son 25.000 pesetas.
La oferta se la hicieron al periodista Carlos Luis Álvarez,
Cándido, en 1956. Se trataba de redactar 20 biografías de 20
mártires de la guerra civil que hubiesen muerto por su fe. Sólo
había tres condiciones: el libro debía titularse exactamente
Los mártires de la Iglesia, con el subtítulo Testigos
de su fe; iría firmado por fray Justo Pérez de Urbel, a la
postre, abad del Valle de los Caídos; y debía redactarlo en un mes.
El propio Cándido reconoce en sus Memorias prohibidas: "Las
trescientas setenta páginas fueron una mezcla de invención y de
plagio. (...) Inventé demencias y profanaciones y sentí piedad por
los humildes. (...) Plagié bastante, como digo. Entre otros libros,
Checas de Madrid, de Tomás Borrás, del que hurté muchas
páginas. (...) Un día me acerqué a él y le dije: "Oiga Borrás, le
he copiado treinta o cuarenta páginas de Checas de Madrid,
puede llevarme a la cárcel, pedirme cien millones de indemnización
o llevar a la cárcel a fray Justo Pérez de Urbel, que es el que
firma el libro que yo he escrito". El diario del Vaticano,
L'Osservatore Romano, según Cándido, hizo grandes elogios
del libro y vaticinó que pronto muchos de aquellos mártires
subirían a los altares.
Cándido recuerda en sus memorias que no fue sólo quien hizo en su
día de negro. De hecho, el escritor y filósofo Eugenio D'Ors
escribió del ministro de Justicia Eduardo Aunós algo así como: ¡Qué
gran cultura tendría el ministro si leyera todos los libros que ha
escrito! Pocos autores han estado a salvo de las acusaciones de
plagio. Y pocos se han defendido, errores informáticos al margen,
con mayor brillantez que Louis Stevenson, autor de La isla del
tesoro: "Sin duda el loro perteneció una vez a Robinson Crusoe. Sin
duda el esqueleto procede de Poe. No doy importanncia a esas cosas,
son naderías, detalles; y ningún hombre puede aspirar a tener un
monopolio de esqueletos o a acaparar todas las aves parlanchinas.
La empalizada, me dicen, proviene de Masterman Ready (...); Billy
Bones, su cofre, la compañía del salón, todo el espíritu de los
interiores y buena parte de los detalles materiales de mis primeros
capítulos, todo estaba ahí, todo era propiedad de Washington
Irving. Pero yo no tenía idea de ello mientras escribía sentado
junto al fuego (...), me parecía tan original como el pecado;
parecía tan mío como mi ojo derecho". Bien es verdad que Stevenson
jamás llegó a reproducir párrafos de ninguna obra.
El país de los escritores fantasmas
OCTAVI MARTÍ
Nigún país hay en el mundo con plagiarios tan célebres como en
Francia. Al menos, ninguno donde se hayan destapado tantos casos.
"Abusaron de mi buena fe", se excusó en su día monseñor Gaillot,
obispo de una diócesis virtual. No podía ser menos en un sacerdote,
claro, pero lo cierto es que el negro contratado por la editorial,
al abordar la cuestión del infierno, copió demasiado abiertamente
de otro teólogo y el pobre Gaillot, que sólo quería cobrar por
prestar el nombre, se vio tratado de plagiario. El original que
inispiró al antiguo titular de Cultura y actual ministro de
Educación, Jack Lang, pertenecía a un británico, John Knecht, que
se comportó como un caballero cuando declaró: "La copia de Lang es
perfecta en el sentido de que en ningún caso se hecha en falta el
original". El escritor Jacques Attali tuvo más problemas. El hombre
se lanzó a escribir la historia del tiempo apoyándose demasiado en
el filósofo Ernst Jünger y el historiador Jacques Le Goff. "Me
olvidé de poner los entrecomillados", se excusaba Attali.
Finalmente reconoció que dispuso de "una serie de colaboradores
facilitados por el editor". El hasta hace poco mayor autor francés
de libros de éxito, un tal Paul-Loup Sulitzer, ha admitido varias
veces que él no escribe. "Es muy aburrido, es un trabajo mecánico.
Yo doy la idea, la estructura, las anécdotas y luego hay
profesionales que lo ponen todo en solfa. Y mucho mejor de lo que
yo lo haría", explica sin el menor sonrojo. Patrick Rambaud, que
ganó en 1997 el premio Goncourt con La bataille, reconoce
que se ha ganado la vida precisamente haciéndoles los libros a los
demás, todo un negro profesional. "No me gusta esa palabra,
prefiero el término anglosajón ghost-writer, un escritor
fantasma".
El
País, domingo 15 de octubre de 2000; página 7 del suplemento del
diario Domingo.