Josep M. Soler, abad
del monasterio benedictino de Montserrat.
(SUSANNA SÁEZ)
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"Es fácil percibir que
un sector de la jerarquía católica tiene nostalgia del
nacionalcatolicismo, sobre todo en ciertos círculos de la
Conferencia Episcopal"
"Hoy la Iglesia no está
presente en la sociedad, y, lo que es peor, cuando está presente,
lo está de modo inadecuado, cuando no ridículo"
"La mayoría de los
obispos creen que los nacionalismos ponen en peligro la unidad de
España, y eso no es así"
"Es lamentable que los
obispos no tengan el coraje de frenar la estrategia de
envenenamiento de la sociedad que llevan a cabo colaboradores de la
COPE"
"La Iglesia no debe
quedar identificada con ningún partido concreto, en este caso con
el Partido Popular como lo está haciendo"
"Las afirmaciones de
monseñor Cañizares, además de no tener la más mínima apoyatura
teológica, contradicen la propia identidad de
Cataluña"
Tiene fama de hombre prudente, pero no lo es. Porque no hace
cálculos interesados ni mide las consecuencias de hablar y nadar
contra la corriente de lo que hace y dice la jerarquía católica. Es
monje de vocación, no le molesta el cliché de centroderecha, y ama
a Cataluña sin complejos. Desde su condición de abad de Montserrat
mira a la Iglesia con preocupación y perplejidad. Tiene rostro
joven, sentido del humor y una serena actitud ante la vida. Josep
M. Soler tiene 60 años.
Pregunta. Como abad de Montserrat ocupa usted un lugar lo
suficientemente alejado y cercano como para poder hacer un
diagnóstico certero de la situación de la Iglesia católica. ¿Cómo
se ven las cosas desde aquí arriba...?
Respuesta. Veo la Iglesia como una realidad llena de
vida, todavía, pero de una vida que languidece, sobre todo en
Europa. Pese a todo, quiero ser optimista.
P. Quizá la Iglesia languidece. Pero hace mucho ruido.
Sobre todo la española, que en los últimos tiempos se ha empeñado
en conseguir un notorio protagonismo provocador de confrontaciones
constantes con el poder político.
R. En estos últimos dos años se han suscitado problemas
que han provocado frecuentes encontronazos que no son buenos para
nadie. Pienso que tendríamos que aprender, entre todos, que algunos
de esos problemas no están relacionados con la Iglesia. Otros
problemas que enfrentan al poder religioso con el político tienen
una relación concreta con el ámbito cultural de la tradición en
este país; sobre ellos debería producirse un diálogo sin
suspicacias. Aquí lo que habría que hacer es eliminar el rechazo o
el miedo al otro.
P. Pues lo cierto es que la jerarquía se comporta
respecto del poder político como si sólo hubiera motivos para la
desconfianza y el sentimiento de agravio. Seguro que usted ha
reflexionado sobre cuál puede ser la razón de fondo para que esa
actitud de los obispos se haya ido enconando.
R. Sí que he reflexionado sobre este tema, porque me
preocupa seriamente. La Conferencia Episcopal debería esforzarse
por crear un clima de confianza en el otro lado. Es verdad que
existe un sector de esa jerarquía que mantiene una actitud
aparentemente uniforme frente al poder político. Pero también es
cierto que hay obispos que están convencidos de que la jerarquía
católica tendría que tener otro estilo de comportamiento respecto
del Gobierno y de la sociedad. Creo que un claro ejemplo de la
necesidad de mantener otro talante de mayor delicadeza y tolerancia
nos lo dio el nuevo Papa durante su visita a Valencia. Para mí, lo
más elocuente fue su advertencia de que él venía a proponer cosas
positivas, no a imponer nada y, mucho menos, a condenar nada. Y eso
es para mí muy significativo, porque creo que a la Iglesia
católica, a su jerarquía, en concreto, le cuesta mucho aceptar que
su papel es el de hacer propuestas para ayudar a las personas. Los
responsables de la Iglesia en España utilizan un lenguaje demasiado
dogmático en lugar de otro que pueda ser comprendido por el
otro.
P. ¿Diría que Benedicto XVI decepcionó al sector
beligerante de la jerarquía católica?
R. ¡Sin duda que la actitud conciliadora y dialogante del
Papa decepcionó al sector más intransigente! Creo que la actitud de
beligerancia e intolerancia que mantiene ese sector de la jerarquía
es fruto de otros tiempos ya felizmente superados y quizá tenga que
ver con un talante más radical, más... mesetario, diría
yo.
P. Algo vinculado al talante de la derecha
española, ¿no?
R. Pues... sí, que tiene que ver bastante con esa derecha
española.
P. Algo que huele a nostalgia del nacionalcatolicismo de
los tiempos de la dictadura, por parte de quienes desearían
mantener ese omnímodo poder.
R. Sin duda. Pienso que es fácil percibir que un sector
de la jerarquía católica tiene nostalgia del nacionalcatolicismo,
sobre todo en ciertos círculos de la Conferencia Episcopal y, sin
duda, en muchos de sus documentos y en muchas homilías. Y lo cierto
es que ese nacionalcatolicismo añorado por ese sector de la
jerarquía es algo del pasado. La Iglesia debe aprender a situarse
en otro contexto social, y ese contexto, según la Constitución y
desde la separación entre la Iglesia y el Estado, se define como un
verdadero Estado laico que supone eso: una separación real entre lo
que es el Estado y su lógico derecho a promulgar leyes, y lo que es
la Iglesia y la misión de la Iglesia, que no tiene esa capacidad
legislativa. Eso no quiere decir que la Iglesia deje de decir lo
que crea que debe decir en relación con la dimensión trascendente
de la persona, porque eso es enriquecedor para sociedad, pero
teniendo siempre presente que en un Estado aconfesional o laico, la
voz de la Iglesia es una voz que no puede imponer sus criterios a
los legisladores.
P. ¿A qué tienen miedo los defensores de esa concepción
confesional del Estado? ¿A perder el poder, o la influencia en una
sociedad que ya no controlan?
R. Querría creer que tienen miedo a que se pierdan
determinados valores, aunque también les preocupa ver cómo se les
va de las manos el poder que tuvieron. Pero creo también que lo que
quieren es mantener una manera determinada de entender España. Y
también hay un proceso que a ellos, a la jerarquía católica más
conservadora, les preocupa muchísimo, yo diría que les desborda
realmente, que es el proceso de secularización de la sociedad
española. La cuestión sobre la que se debe interrogar la Iglesia no
debe estar en relación con lo que ellos identifican como crisis de
fe, sino en responder con honestidad a la pregunta de por qué no
hemos sabido conectar el mensaje del Evangelio con las inquietudes
de la gente. Eso es lo que debería preocuparles, lo que debería
preocuparnos a todos. Desde mi punto de vista, ha fracasado el
lenguaje, el planteamiento demasiado intransigente de ciertos temas
que angustian al mundo moderno, y, sin duda, el no aceptar que, al
final, el hombre decide libremente sobre su vida, diga lo que diga
la Iglesia. Hoy, la Iglesia no está presente en la sociedad y, lo
que es peor, cuando está presente, lo está de modo inadecuado,
cuando no ridículo.
P. Me imagino que esa realidad de su "desaparición" de la
sociedad les debe resultar muy dura. Pero ellos lo resuelven con
una explicación realmente desconcertante: aseguran que la Iglesia
en España está siendo perseguida.
R. Yo creo que es faltar a la verdad decir que la Iglesia
está perseguida en España. Se puede decir que es criticada, o
ignorada, pero tiene total libertad para decir lo que quiera, para
salir a la calle cuantas veces quiera (que ya lo hace). Lo que la
jerarquía católica no quiere entender es que España ya no es lo que
era. Esto, que a algunos nos resulta fácil de comprender, resulta
insoportable para sectores de la Iglesia que no aceptan los cambios
democráticos. De ahí vienen los encontronazos y los conflictos con
un Gobierno que tiene que gobernar para toda la sociedad, y no sólo
para los católicos.
P. Ya voy entendiendo por qué usted no gobierna la
Iglesia católica española. Pero no puedo evitar preguntarle si
usted sería capaz de imponer la pobreza evangélica. Qué pasaría si
el Papa decidiera vender las propiedades que no tengan un valor
artístico, y por qué la jerarquía española acepta subvenciones del
Gobierno y luego muerde la mano que le da de comer.
R. Pienso que sólo una Iglesia realmente pobre se puede
considerar una Iglesia realmente libre. Pero también es cierto que
es muy difícil servir a la gente sin tener medios en el mundo en el
que vivimos. Montserrat es un foco de vida espiritual que requiere
del trabajo desinteresado de sus más de ochenta monjes. Nosotros no
recibimos ni un céntimo de las subvenciones que recibe la Iglesia,
pero sí alguna ayuda de otros sectores. Evidentemente, podríamos
hacer algún trabajo productivo, pero eso nos obligaría a renunciar
a nuestra labor espiritual. Si el Papa tomara esa decisión
liberadora, yo lo aceptaría, aunque no sé si eso es lo que quiere
el Señor, porque significaría renunciar a la acción evangelizadora
tal y como lo hemos hecho durante siglos. En cuanto a la
financiación de la Iglesia, pienso que la fórmula vigente es la
menos mala, y que si el Gobierno dejara de ayudarla, ésta no podría
prestar la ayuda social que ahora hace y que le ahorra al Estado
bastante dinero. Pero si tuviera que decidir yo, renunciaría a las
subvenciones y optaría por una Iglesia pobre pero libre.
P. Quizá de lo que no quiere, o no puede, liberarse la
Iglesia es del recurso a la explicación, mágica, infantil, de la
experiencia religiosa. Quizá por eso la gente que hoy vive en
libertad y racionalidad le está dando la espalda. ¿Por qué se
empecina en esa actitud?
R. Porque no saben hacer otra cosa. Porque es más
complicado, más exigente, proponer a la persona de Jesús desde un
planteamiento de inteligencia que no repugne la racionalidad,
porque se ha prescindido del respeto a la naturaleza superior de la
condición humana. Y, bueno, quizá no en todas partes ha sido así,
porque la concepción mágica del hecho religioso ha sido más fácil
de introducir en Galicia que en Cataluña. Desde mi punto de vista,
el concepto mágico prostituye la verdadera naturaleza de la fe, que
es una adhesión racional, desde la afectividad y la inteligencia, a
una creencia. Muchos problemas que hoy tiene la Iglesia se deben a
la crisis del recurso a lo mágico, que hasta ahora apuntalaba unas
verdades incontestables. Unas verdades que no sólo
son contestadas por parte del hombre moderno, sino que,
sencillamente, se desmoronan. No existe un Dios
tapaagujeros, ni un Dios que soluciona problemas.
P. Lo cierto es que la jerarquía mantiene una pedagogía
ininteligible del Evangelio, no conoce la misericordia, es
anacrónica. Pero también es cierto que la Iglesia monástica y
contemplativa, como la de usted, mantiene un contumaz silencio
sobre esa actitud de esa jerarquía. No sé si lo hacen por prudencia
o por miedo.
R. Yo no afirmaría, de forma tan tajante, que la Iglesia
carece de misericordia, aunque sí es cierto que hay textos de la
Iglesia española que tienen menos misericordia con la condición
humana, con el hombre que sufre, que el catecismo de la
Iglesia oficial. Me estoy acordando de un documento de la
Conferencia Episcopal sobre los teólogos y las actitudes morales
que era realmente terrible. Creo que esto es muy grave porque el
Evangelio nos obliga a ponernos en el corazón del otro, en las
angustias del otro, y, realmente, los obispos españoles, como
colectivo, no parece que sean capaces de hacerlo. Quizá ellos teman
que si adoptan una actitud de comprensión y tolerancia se relajen
las cosas, no sé. Me resulta muy difícil comprenderles, la verdad.
Pero lo que más me preocupa es que esas actitudes de intransigencia
son las que determinan a la gente a ignorar lo que pueda decir la
Iglesia a nivel ético, o el tema de la moral sexual, por ejemplo.
La Iglesia se resiste a revisar sus criterios poniéndolos en el
contexto de los avances de la ciencia, de la medicina, de la
antropología, y yo creo que urge esa reflexión.
P. Pero no me acaba de explicar por qué, a la vista de
tantos problemas como tiene la Iglesia, de tantos errores como
cometen, ustedes, los que viven refugiados en la vida monástica,
callan tanto, no denuncian, no se arriesgan.
R. Puede haber varias explicaciones. Una es que puede
haber una cierta opción monástica de estar un poco alejados de
estos temas. Otra, que los problemas que tiene la Iglesia son tan
complejos que en algunos monasterios les falta gente
suficientemente preparada para abordarlos. Y hay otros casos, como
el nuestro, que estamos entre el desierto y la plaza del
mercado. Cuando me he pronunciado sobre algo y lo que he dicho
no ha sido del agrado de la autoridad eclesiástica, me han enviado
mensajes muy claros de que yo, como monje, lo que tenía que hacer
era limitarme a rezar y callar.
P. Y ¿está usted de acuerdo con esa recomendación?
R. ¡No! ¡Por supuesto que no! ¡Ya lo está comprobando
usted! Pero es verdad que a veces, por prudencia, y para no
complicar más las cosas, y sabiendo que hay obispos que están
intentando cambiar las cosas silenciosamente, procuras dar una
palabra sobre la necesidad de seguir el Evangelio sin provocar.
Pero también es cierto que mis homilías son muy claras y tienen una
notoria divulgación en Cataluña, en una emisora de radio de la
Iglesia que...
P. No será la COPE...
R. ¡No! ¡Por Dios! Es Radio Estell. Pero sí quiero
reconocerle que tendríamos que ser más valientes y denunciar más
claramente situaciones en las que la Iglesia ni transmite ni vive
el Evangelio.
P. Pero, con la excepción de hoy, y de su persona, la
Iglesia contemplativa calla. Que es tanto como otorgar, como ser
cómplice. Y lo malo es que, para la gente, la voz de la Iglesia son
ellos: Cañizares, Rouco Varela...
R. ¡No, no! ¡Gracias a Dios hay otras voces en la
Iglesia! Por ejemplo, en el tema de la COPE, que yo ya no la
escucho, he hecho algunas gestiones en el Vaticano, en la
Nunciatura, y firmé un documento que se envió a la Conferencia
Episcopal protestando por sus contenidos. Creo que es lamentable
que los obispos no tengan el coraje de poner freno a la estrategia
de envenenamiento de la sociedad que llevan a cabo los más
destacados colaboradores de la emisora. Así lo dije y lo sigo
diciendo, y me parece muy triste que no haya una mayoría de obispos
que tengan el valor de poner fin a una situación que contradice y
repugna abiertamente los valores del Evangelio y también los de la
convivencia democrática. Me atrevo a decir que los obispos
mantienen la COPE en esos niveles de beligerancia porque les
interesa mantener, también, lo que ellos pueden considerar una
situación de equilibrio con... con la SER, aunque pienso que
la SER no es tan radical como la COPE... En definitiva, la
Conferencia Episcopal mantiene la COPE como está por una estrategia
política y no eclesial.
P. No parece que sea ésa la actitud de la jerarquía
católica española en temas tan polémicos como el "avance galopante"
de los nacionalismos, que les ha llevado a cerrar filas con el PP
ante el sedicente peligro de que España se rompa. Supongo que desde
Montserrat, que es el referente espiritual y religioso del
nacionalismo confesional, se ven las cosas de muy distinta
manera.
R. No tengo esa visión catastrófica de la realidad. Pero
quisiera precisar que Montserrat, por su trayectoria, al menos
durante el siglo XX, ha sido un lugar de acogida de todos y de
todas las mentalidades nacionalistas y no nacionalistas. Es verdad
que Montserrat ha pasado por ser, en el imaginario popular, un
referente del nacionalismo, pero la realidad es mucho más amplia
porque aquí han nacido muchas formaciones políticas de
muchas tendencias, y porque aquí se han defendido los valores
democráticos de forma comprometida y abierta. Equiparar Montserrat
a nacionalismo es una visión reduccionista. Como todo monasterio
benedictino, Montserrat está muy enraizado en la cultura catalana y
su lengua, pero no en contraposición o en confrontación con otras
cosas. En cualquier caso, quiero decir, rotundamente, que ese temor
a la desunión de España por parte de un amplio sector de la
jerarquía católica, esa ofensiva contra lo catalán que también se
hace desde el ámbito de la derecha política, no corresponde a la
realidad ni a lo que siente la inmensa mayoría del pueblo catalán.
Tampoco se puede justificar la posición de la jerarquía católica en
el Estatut, que no es en absoluto rupturista. Pero sí es cierto que
esa actitud y ese mensaje de que España se rompe han hecho mucho
daño a la convivencia en el interior del Estado español.
P. Lo cierto es que hemos visto una sintonía total entre
las tesis del PP y la actitud de la jerarquía. ¿Por qué? ¿Qué
razones les llevan a esa complicidad tan explícita?
R. Creo que la jerarquía católica tiene la convicción de
que hay que defender lo que ellos llaman la unidad de España, que,
según ellos, los nacionalistas quieren romper. Ellos mantienen que
la unidad de España, según ellos la entienden, claro, es un bien
moral, lo cual es absolutamente falso y no tiene base teológica.
Pero lo más importante es que, desde mi punto de vista, la Iglesia
no debe quedar identificada con ningún partido concreto, en este
caso con el PP como lo está haciendo. Lamentablemente, la mayoría
de obispos creen que los nacionalismos ponen en peligro la unidad
de España, y eso no es así. Una cosa es la unidad de fe, y otra muy
diferente, el tema de la organización política de una sociedad, de
un Estado que puede tomar mil formas.
P. Pues me imagino cómo ha debido de sentirse al oír a
monseñor Cañizares que las autonomías y la autodeterminación van en
contra del cristianismo porque el cristianismo es unidad.
R. Las afirmaciones de monseñor Cañizares me han dejado
estupefacto.Además de no tener la más mínima apoyatura teológica,
contradicen la propia identidad de Cataluña, de su historia. Es
cierto que el cristianismo es unidad, pero unidad de fe, unidad en
la solidaridad, como lo es la unidad con la Iglesia de Europa.
¡Pero no hace falta que sea una unidad política, porque entonces
tendríamos que hacer con todos los católicos del mundo un solo
Estado!
P. ¿Hasta qué punto piensa usted que habría sido
contraproducente que la Conferencia Episcopal hubiera aprobado
aquel documento "nonato" en el que apostaba claramente por la
defensa de la unidad de España en contraposición a los procesos
autonómicos?
R. Se lo diré sin rodeos: habría sido problemático y
dañino que la Iglesia hubiera aprobado ese documento. Por eso,
desde Montserrat, valoro muy positivamente la actuación de algunos
obispos que impidieron que se aprobara ese texto que nos hubiera
llevado a una polémica. Y ya tenemos bastantes polémicas en el
interior de la Iglesia.
-Tratado de Ateología. Michel Onfray. Editorial Anagrama.
-El espejismo de Dios. Richard Dawkins. Editorial Espasa Calpe.
Sobre la figura histórica de Jesucristo:
-Jesús de Nazaret: el hombre hecho Dios. Álvaro Borghini. Ed. Siglo XXI.
-Jesús. Vida de un campesino judío. John Crossan, Ed. Crítica.
Para un estudio riguroso y científico sobre los orígenes de la biblia, son imprescindibles:
-¿Quién escribió la Biblia?. Friedman, R. Elliot. Ediciones Martínez Roca.
-La biblia desenterrada. Finkelstein, Silberman. Ed. Siglo XXI,
-Más allá de la Biblia. Mario Liverani. Ed. Crítica.
Finalmente, un poco de Ciencia es la mejor vacuna contra la religión:
-La naturaleza humana, Jesús Mosterín. Espasa Calpe.
-Qué nos hace humanos. Matt Ridley. Ed. Taurus.