Ateos, sí, pero no materialistas
Mi viejo amigo Josep Maria Puigjaner publica hoy en La Vanguardia un artículo con este título que reproduzco íntegramente y que suscribo con entusiasmo. Puigjaner fue, en los años 70, cuando era sacerdote jesuíta, director de la revista Mundo Social, en la que nos dio la oportunidad de ir publicando cosas a los chavales que empezábamos a hacer periodismo. Siempre ha sido un hombre bueno y clarividente.
La lucha contra el ateísmo ha sido uno de los adjetivos más aireados por las iglesias cristianas durante todo el siglo XX. El ateísmo, históricamente, era un concepto que parecía inextricablemente unido a una concepción materialista de la vida y contraria a todo género de espiritualidad. Pero hoy, se nos plantea un ateísmo diferente. Es el del filósofo francés Comte-Sponville, quien pone sobre la mesa un tema singular en nuestro mundo occudental, ávido de poseer bienes a toda costa, dejando al margen las consideraciones espirituales. En su reciente obra El alma del ateísmo, Sponville afirma que lo importante no es Dios, ni la religió, ni siquiera el ateísmo, sino la vida del espíritu. "Podemos prescindir de la religión --dice-- pero no de la comunión, ni de la fidelidad, ni del amor. Que yo no crea en Dios no me impide poseer una espiritualidad ni me dispensa de servirme de ella".
El pensador francés se autodefine como un ateo no dogmático. Se propone guardar fidelidad a la vida, a unos valores, a una historia, a una comunidad. La fe es una creencia. La fidelidad es una adhesión, un reconocimiento, un compromiso, que consiste en aspirar a altas cotas de humanidad. Éste es el primer deber, al que nadie puede renunciar ni creyentes ni no creyentes, de manera que lo que da valor a una vida humana no es la fe, ni tampoco la esperanza, sino la cantidad de amor, de compasión y de justicia de la que cada uno es capaz.
La palabra espiritualidad, demasiado vinculada a una concepción religioso-católica tradicional de la vida, está en momentos de baja cotización. Pocas personas parecen hoy interesadas en la prácica de una espiritualidad tendente a huir de la realidad terrena. La espiritualidad que propone Comte-Sponville se nos presenta como una aspiración vital apetitosa y deseable. Más aún, necesaria. Es una espiritualidad digna de ser introducida en el tiempo vital del hombre del siglo XXI, para tratar de experimentar esas importantes realidades interiores que llamamos plenitud, simplicidad, serenidad, libertad, paz.
Se trata, pues, de una espiritualida a la que puede acceder cualquier persona, por ejemplo, en la cálida interioridad de una capilla románica, en la impresionante verticalidad de una iglesia gótica, o simplemente en la fusión con la naturaleza, sea contemplando el horizonte marino o una cumbre montañosa. Pero una espiritualidad no de repliegue, sino de apertura al mundo que nos envuelve y a los otros hombres que andan a nuestro lado luchando por vivir, deseando saltar por encima del dolor, de la tristeza, de la adversidad o de cualquiera de los horrores que entre todos provocamos.
Pensadores no creyentes se enfrentaron en el siglo XX con los problemas de la existencia y del gran misterio de la vida, situándose al margen de las religiones, armados sólo de una impresionante humanidad y de una sincera fe en los recursos interiores de la persona humana. Son difícilmente olvidables los nombres de Albert Camus, Karl Popper o Edgar Morin, grandes ateos, y también grandes espiritualistas. En esta circunstancia de principios del siglo XXI, ante el estado de desorientación interior que afecta a millones de personas, la espiritualidad que dibuja Conte-Sponville merece una gran atención. Más todavía, una fuerte adhesión. Hemos acabado por creer que religión y espiritualidad eran sinónimos, pero eso no es así. Han existido y siguen existiendo auténticas espiritualidades que no eran y que no son religiones. Es cierto que las reliciones han hecho y hacen su trabajo en el ámbito del espíritu. Pero la opción de un cierto ateísmo humanista es enormemente válida para no dejar al mundo huérfano de perspectivas espirituales imprescindibles.


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