NASA (Administración Nacional de la Aeronáutica y del
Espacio)
Sede: Washington, D.C (Estados
Unidos)
Directivo: Michael Griffin
(Administrador)
REINO UNIDO
Capital: Londres
Gobierno: Monarquía
Constitucional
Población: 60.094.648
(2003)
"Hay que recurrir a la
energía nuclear. En países muy urbanos es absurdo intentar sacar la
energía de los molinos de viento"
"Nos veremos reducidos
a sólo 500 millones de humanos viviendo en el Ártico. Y tendremos
que empezar de nuevo"
Ha sido uno de los científicos más polémicos y originales de la
segunda mitad del siglo XX y aún ahora sigue haciendo de las suyas,
pero James Lovelock posee un aspecto de abuelito amable y
divertido, ese abuelo que todos los niños del mundo quisieran
tener. Ríe con sonoras y abundantes carcajadas, practica un sentido
del humor de cuya agudeza no se salva ni él mismo y, con su rostro
risueño nimbado de abundantes pelos blancos, da toda la impresión
de ser un hombre en paz consigo mismo y capaz de disfrutar cada uno
de los instantes de su vida. Tiene 86 años, pero no los representa.
Desde luego no es un anciano, sino un ser que parece estar fuera
del tiempo, un personaje salido de algún cuento, un gnomo de los
bosques, enjuto, pequeñito, vibrante de energía.
Como los gnomos, vive en mitad del campo, en el suroeste de
Inglaterra, en una pequeña granja rodeada de 14 hectáreas de
tierra. En el exterior, el mundo bucólico, y en el interior, una
atmósfera de incesante trabajo: dos salas llenas de ordenadores, de
papeles, de libros y cachivaches. Allí, ayudado por Sandy, su
segunda mujer, una treintena de años más joven que él e igual de
acogedora, Lovelock prosigue con su actividad científica. Hace 40
años, este hombre ideó la teoría de Gaia, según la cual nuestro
planeta sería un todo capaz de autorregularse. Nunca dijo que Gaia,
la Tierra, fuera un ser pensante, ni que tuviera conciencia ni
propósito, pero, pese a ello, sus ideas fueron perseguidas y
ridiculizadas ferozmente por los científicos durante mucho tiempo,
hasta que, a partir de los años noventa, empezaron a ser aceptadas
de manera mayoritaria.
Este viejo científico inglés que es un poco gnomo y quizá un
poco niño adora construir sus instrumentos con sus propias manos
(habla de eso como si fuera un juego), y es además un prolífico
inventor. Hace también 40 años creó el detector de captura de
electrones (ECD), una máquina pequeña y barata que revolucionó el
mundo. El ECD es tan sensible que, si derramamos una botella de
perfume en Japón sobre una manta, a las dos semanas el detector
podría percibir partículas de ese perfume en el aire de Londres.
Con ese invento sencillo y milagroso, los ecologistas descubrieron
residuos de pesticidas en todo el planeta. Y fue el propio Lovelock
quien, usando su máquina, advirtió en mediciones sobre el océano la
existencia de los CFC, los famosos clorofluorocarbonatos que están
alterando de manera radical el equilibrio atmosférico. Todo esto
dio lugar al Protocolo de Montreal y a cuanto ha venido después en
el tema de la política medioambiental. Se puede decir que Lovelock
cambió el mundo, y desde luego fue el padre de la ecología moderna,
aunque, en general, él no se lleva demasiado bien con los verdes:
considera que la mayoría de los ecologistas “no sólo desconocen la
ciencia, sino que además la odian”.
Ahora, este abuelo vitalista y alegre regresa convertido en un
mensajero de la oscuridad. Su último libro, The revenge of Gaia (La
venganza de Gaia), recién publicado en el Reino Unido, viene a
decirnos que estamos inevitablemente abocados a una catástrofe
natural casi inmediata. Desde luego, resulta difícil creer que el
mundo tal y como lo conocemos se haya acabado para dentro de 60 u
80 años. Pero, a fin de cuentas, también nos resulta difícil creer
en nuestra propia muerte.
Su último libro ha sido un verdadero bombazo, y muy polémico.
Usted presenta en él un futuro muy negro para la humanidad.
Me temo que sí, es una historia muy triste, aunque no totalmente
desesperada. Va a ser un golpe muy grande para los humanos, pero
habrá supervivientes y tendremos la oportunidad de empezar de
nuevo. Porque en esta ocasión lo hemos hecho fatal. En cierto modo
me siento mal por ser el portador de unas noticias tan terribles,
pero por otro lado miras alrededor y ves que las cosas empeoran y
empeoran por momento en el mundo, y alguien tiene que intentar
detener ese desastre.
Dice usted que para 2050 se habrán deshelado los polos y que
Londres, entre muchos otros lugares de la Tierra, estará sepultado
bajo las aguas.
En efecto, los polos se habrán deshelado totalmente, y puede que
antes de esa fecha. En cuanto a las inundaciones, no estoy seguro
de si ocurrirán tan pronto. Lo que provocará las inundaciones
masivas será el deshielo de los glaciares, y puede que eso tarde un
poco más.
Pero en cualquier caso sería lo suficientemente pronto, antes
de que se acabe este siglo.
Oh, sí, eso desde luego. Definitivamente, antes de que se acabe
este siglo, Londres estará inundado. Y todas las zonas costeras.
Imagínese Bangladesh, por ejemplo; el país entero desaparecerá bajo
las aguas. Y sus 140 millones de habitantes intentarán desplazarse
a otros países… Donde no serán bien recibidos. En todo el mundo
habrá muchas guerras y mucha sangre.
Mire, lo que más me inquieta de sus predicciones es que usted
nunca ha sido un hombre apocalíptico.
Nunca, nada. Siempre he sido justamente todo lo contrario.
Que usted salga ahora con un libro tan pesimista debe de
haber supuesto un choque en la comunidad científica.
Bueno, tengo bastantes amigos en el campo de la ciencia, y
especialmente dentro de los científicos del clima, que manejan los
mismos datos que estoy manejando yo. Lo que pasa es que, al estar
empleados, no pueden hablar claramente de estas teorías, porque si
lo hicieran perderían sus trabajos. Pero han hablado conmigo y me
han dicho que en cierto sentido, yo soy su portavoz. Están muy
preocupados. Y su actitud respecto al libro que acabo de publicar
es que, en todo caso, se queda corto. La situación es
verdaderamente muy mala.
Tan mala que usted sostiene que hay que recurrir a la energía
nuclear, porque no hay tiempo para descubrir otra energía
alternativa lo suficientemente eficiente.
Así es. No es que yo esté en contra de otras energías
alternativas, sobre todo en algunas zonas como, por ejemplo, los
países desérticos, en donde resulta de lo más razonable usar la
energía eólica para desalinizar el agua. Pero en países muy urbanos
y densamente habitados, como Inglaterra o Alemania, es absurdo
intentar sacar la energía de los molinos de viento.
Su apoyo actual a la energía nuclear le ha puesto otra vez en
el ojo del huracán. Seguir siendo así de polémico con 86 años tiene
su mérito y su gracia.
Bueno, supongo que sí, en tanto en cuanto consigas evitar los
misiles que te disparan desde todas partes.
Además de científico es usted inventor y ha creado unas
sesenta patentes.
Pues sí, pero no poseo ninguna de ellas. La gente no suele saber
que, si quieres patentar algo, todo el proceso legal hasta llegar a
la patente te cuesta 100.000 libras (140.000 euros), y a ver cuánta
gente tiene dinero para poder permitírselo. Porque, además, sólo un
invento de cada cinco termina siendo rentable. Por otra parte, no
soy un hombre de negocios y nunca quise serlo, así es que lo que
hice fue buscar alguna empresa buena, amable y honrada, como
Hewlett-Packard, por ejemplo; es una de las compañías con las que
trabajo. Y entonces llegas a un acuerdo muy simple según el cual
les cedes tus inventos dentro de un campo determinado, y a cambio
ellos te pagan un dinero. Hewlett-Packard me ha pagado 32.000
dólares al año, y me basta.
Pero podría haberse hecho usted multimillonario con alguno de
sus hallazgos… Sobre todo con el ECD. Y, de hecho, usted patentó
ese invento. Pero luego se lo robaron.
Lo que sucedió es que yo fui a la universidad norteamericana de
Yale a trabajar durante unos meses en el departamento de medicina.
Ya llevaba el ECD en la cabeza desde mucho antes, pero lo construí
allí. Los de Yale dijeron: “Bueno, vamos a patentarlo; un tercio
para Yale, otro para una agencia de patentes y otro tercio para
ti”. “Bueno”, dije, “acepto”. No soy avaricioso y no me importaba
compartir la patente. Pero en cuanto registramos el ECD recibí una
carta muy ruda del Gobierno americano diciendo que ellos se
quedaban con la patente. Me quedé atónito, pero entonces recibí una
carta mucho más amable del decano de medicina de Yale, en la que me
pedía por favor que renunciara a mis derechos, porque estaban
amenazando con cortarles la mitad del presupuesto al departamento.
Así es que renuncié. Podría haber acudido a abogados y demás, pero
todo eso cuesta dinero y yo no sabía si iba a poder recuperarlo. A
decir verdad, por entonces yo no pensaba que el ECD fuera a ser una
patente muy valiosa.
Y luego se convirtió en uno de los inventos fundamentales de
la segunda mitad del siglo XX.
Sí, pero… Por favor, no me gustaría que diera la imagen de que
me siento frustrado o amargado por eso, por haber perdido la
patente. No es algo que me haya preocupado. Mire, esto es el ECD
(coge un objeto de su escritorio y me lo enseña: es un humilde
objeto del tamaño de una cajetilla de cigarrillos, unos cuantos
hierros viejos clavados a una base de madera).
¿Y esto tan pequeño cambió el mundo?
Bueno, no tiene por qué ser grande. Y lo que me encanta es que
lo fabriqué yo mismo. Fue muy divertido.
Sí, y para conseguir la fuente radiactiva que necesitaba
raspó la pintura fluorescente del cuadro de mandos de un viejo
avión militar.
Cierto. Y fíjese, hoy ya no podría hacer eso, porque las nuevas
regulaciones verdes respecto al manejo de la radiactividad me lo
impedirían. Es increíble, pero si los verdes hubieran sido
verdaderamente poderosos en los años cincuenta, nunca hubiera
podido inventar este aparato.
Luego colaboró con la NASA. Entre otras cosas, inventó un
instrumento que luego formó parte de la ‘Viking’.
Sí, la pieza que aterrizó en Marte con la Viking era como ésta.
(Vuelve a tomar algo de su escritorio y me lo enseña: es una birria
metálica, una especie de muelle de lo más anodino, no más grande
que una caja de cerillas). No resulta nada espectacular, pero le
aseguro que los instrumentos que analizaban la atmósfera no
hubieran funcionado sin ello.
Estando en la NASA se hizo amigo de otros científicos y ahí
apareció Gaia, de golpe, como un relámpago, en el año 1965.
Sí, trabé conocimiento con los biólogos y un día me dijeron:
“¿Por qué no vienes a una conferencia que tenemos sobre la
detección de vida en Marte?”. Me pareció estupendo y acudí. Y
resulta que los biólogos estaban desarrollando equipos de detección
para la superficie de Marte como si fueran a buscar vida en el
desierto de Nevada. Y yo no hacía más que decirles: “¿Pero cómo
podéis pensar que la vida de Marte, si es que hay vida, va a crecer
en el medio que le habéis preparado? La vida allí puede ser
completamente distinta”. Entonces me dijeron: “¿Tú qué harías?”.
“Bueno, yo intentaría buscar una reducción de la entropía”. Esto
les hizo tragar saliva, porque dentro de la fraternidad biológica
nadie parece tener una idea clara de lo que es la entropía. Eso me
forzó a desarrollar un análisis atmosférico que marcara qué
condiciones pueden llevar a la vida, y de ahí surgió Gaia.
Lo que usted les dijo es que el equilibrio químico de la
atmósfera posee un índice muy alto de entropía, o lo que es lo
mismo, de desorden. Y que cuando se encuentra una atmósfera con una
entropía baja, en la que hay demasiado metano, o demasiado oxígeno,
o cualquier otro ordenamiento químico anómalo, eso indica la
presencia de vida. Porque es la vida la que altera el equilibrio
químico y lo ordena. Esa idea de la vida como generadora de orden
es muy bella.
Gracias. Verá, es que el jefe de allí se enfadó conmigo porque
yo había llevado la contraria y exasperado a los biólogos, y me
dijo: “Mira, hoy es miércoles. Ven el viernes a mi despacho con un
sistema práctico de detección de vida a través de la atmósfera o
atente a las consecuencias”. Aquello sonaba a una amenaza de
despido, y la verdad es que cuando te someten a una presión tan
grande es increíble lo deprisa que puedes pensar e inventar.
Y del miércoles al viernes nació Gaia.
Lo que pensé es que esos gases de la atmósfera reaccionan los
unos con los otros muy rápidamente. Sin embargo, la atmósfera de la
Tierra había permanecido estable durante mucho tiempo. Y me dije:
“¿Qué es lo que hace que se mantenga esta estabilidad?”. Y lo único
que podía mantener ese equilibrio era la vida.
Luego, con el tiempo, la teoría fue desarrollándose. Gaia no
sólo mantendría la atmósfera estable, sino también la salinidad de
los mares, el clima… El nombre de Gaia, que es el de la diosa
griega de la Tierra, se lo dio su amigo el escritor y premio Nobel
William Golding. Pero la comunidad científica parece haber odiado
esa denominación desde el primer momento.
Bueno, no todos. A los científicos del clima les gustó el nombre
y la idea desde el principio. El problema siempre ha sido con los
biólogos. De alguna manera, los biólogos creen que la vida es su
propiedad.
El rechazo, de todas maneras, fue tan clamoroso e insistente
que han rebautizado la teoría… Ahora se llama Ciencia del Sistema
de la Tierra.
Sí, es que todo era tan difícil en los años ochenta, y los
biólogos eran tan ruidosamente anti-Gaia, que ni siquiera
conseguías publicar un artículo en una revista científica si
llevaba la palabra Gaia por algún lado. Y por fin un buen número de
científicos sensatos de Estados Unidos solventaron el problema
utilizando lo de Ciencia del Sistema de la Tierra, que es un
término que nadie puede rechazar, pero que no tiene el impacto que
Gaia tiene para el público. De hecho, el término Gaia está
regresando.
Dice que era imposible publicar artículos que trataran de
Gaia. Sé que pasó usted unos años durísimos. Durante mucho tiempo
estuvo prácticamente solo, aparte de unos pocos apoyos, como el de
la eminente bióloga Lynn Margulis. Pero no consiguió ni una sola
subvención para sus trabajos y los científicos le dedicaron los
insultos más feroces: decían que era usted un “completo imbécil”,
un “místico chiflado”…
La década de los ochenta fue terrible en muchos sentidos, sí…
Hubo también algunas cosas buenas, pero fue una época de mucho
dolor y sufrimiento; también en el sentido literalmente físico. Con
todo lo que me pasó por entonces, no sé cómo no caí en una
depresión, la verdad. Pero es que deprimirme no es mi estilo.
También me admira que no se convirtiera en un amargado. Sabe,
suele suceder que, cuando alguien cree estar en lo cierto y todo el
mundo le contradice y desprecia durante años, esa persona se llena
de frustración y de odio. En usted no veo nada de eso.
Bueno, eso creo que tiene que ver un poco con nuestra
idiosincrasia de ingleses locos. Yo fui educado un poco para
reprimir toda emoción, ya sabe, esa cosa inglesa tan típica. De
manera que creo que para mí hubiera sido simplemente de mal gusto
comportarme como si me importara el rechazo de los demás. Claro que
las cosas han cambiado y las nuevas generaciones de ingleses ya no
son así; ahora son mucho más parecidas al resto de Europa, pero en
mis tiempos había un poco de eso, esa educación que hacía que te
comportaras con una especie de distancia olímpica. Esto tiene sus
cosas malas, pero también buenas, porque cuando te llega una época
negativa estás mucho mejor equipado.
Mientras le discutían su teoría de Gaia, estaba usted inmerso
en lo que llama “la guerra del ozono”, que fue toda la polémica que
hubo en los años setenta entre los verdes y los químicos
industriales.
Ay, sí. Ésa fue una batalla adyacente y también estuve en el
sector equivocado. Se ve que es mi sino esto de estar en el sector
erróneo.
Usted estuvo alineado con la industria. Pero dice en su
autobiografía que se descubrió ahí, que no es que eligiera
partido.
Pues sí, es que simplemente las cosas sucedieron así. Con el
ECD, la gente empezó a descubrir restos de pesticidas por todas
partes del mundo y empezaron a ponerse locos con eso. Pero es que
el ECD es un aparato tan ultrasensible que yo le aseguro que si
ahora cojo una muestra de su sangre o de la mía, podría sacar la
huella de todos los pesticidas que se han usado en el planeta,
porque están almacenados en nuestro cuerpo. Ahora bien, los niveles
de estas sustancias son tan extraordinariamente pequeños que son
totalmente inofensivos. Y lo que sucede es que los verdes no son
nada sensatos y no saben distinguir entre la presencia de un
pesticida y que esa sustancia alcance un nivel dañino. El médico
medieval Paracelsus ya dijo que el veneno es la dosis, y tiene
razón, pero los verdes no podían entender eso. Y el caso es que
cuando descubrí los CFC en el océano, me dije: “Oh, Dios mío, ahora
los verdes van a decir que nos estamos envenenando con este
producto químico”, que provoca cáncer y todo eso, cuando en
realidad se trataba de cantidades ínfimas. Y entonces en aquella
guerra sostuve que el CFC no era dañino; y eso me colocó en el
sector de los malos desde el principio.
Luego se descubrió que, en efecto, el daño que hacían los CFC
era de otro tipo.
Claro, tiempo después se descubrió que el daño que hacían los
CFC era en la estratosfera y a la capa de ozono, pero no en el aire
y como riesgo biológico para la gente. En fin, fue una batalla muy
áspera y amarga. Además de inútil. El verdadero problema es que la
gente no se ha hecho cargo de la situación medioambiental, y
entonces Gaia está haciéndose cargo de ella, por así decirlo. El
deterioro ha ido demasiado lejos y ahora el sistema está moviéndose
rápidamente hacia uno de esos momentos críticos. Vamos a vernos
reducidos a quizá 500 millones de humanos, tan poco como eso, 500
millones de humanos viviendo allá arriba, en el Ártico. Y tendremos
que empezar de nuevo.
Y si nos esforzamos en tomar medidas y abandonar todas esas
prácticas que están alterando el ozono y provocando el cambio
climático…
No serviría de nada. Hace 100 o 50 años hubiera sido posible
hacer algo, pero a estas alturas ya no hay manera de detener el
proceso. Yo creo que dentro de la ciencia del clima todo el mundo
sabe que ya es demasiado tarde. Es como ir dentro de un bote y
estar demasiado cerca de una catatara. Por mucho que remes, no
podrás evitar la caída. Y ahora lo mismo: no se pueden parar las
fuerzas naturales que mueven el planeta. A veces pienso que estamos
igual que en 1939, cuando todo el mundo sabía que iba a empezar una
guerra mundial, pero nadie se daba por enterado.
Si todo da igual, ¿qué importa usar energía nuclear o
no?
Sí importa, y mucho, porque lo fundamental es conservar nuestra
civilización, de la misma manera que la civilización romana se
conservó en los monasterios durante la época oscura. Sin duda,
vendrá una nueva época oscura, y los supervivientes necesitan una
fuente de energía. Y, por ahora, la única fuente suficiente que
puede proporcionar electricidad y alimentos y calor a los
supervivientes en su retiro ártico es la energía nuclear, es lo
único sensato.
Volvamos a su biografía. Tantos años luchando contra la
incomprensión y, de repente, en la década de los noventa todo
parece que se arregla. Empiezan a darle
doctorados ‘honoris causa’ y premios importantísimos como el
Amsterdam, en 1991, y su teoría de un planeta que se autorregula es
hoy prácticamente aceptada por todo el mundo, con o sin el polémico
nombre de Gaia. Usted cita en su autobiografía una frase del
psicólogo William James sobre el lento proceso de aceptación de una
idea nueva: “Primero la gente dice: ‘Es algo absurdo’. Luego dicen:
‘A lo mejor tiene razón’. Y por último dicen: ‘Eso ya lo sabíamos
todos desde hace mucho tiempo”.
Sí, sí, ha sido exactamente así. Es alucinante pasar por todo
ese proceso dentro de una vida, de tu propia vida.
una vida, además, que le ha sido muy difícil en muchos
sentidos. Su primera mujer tenía esclerosis múltiple, enfermedad
degenerativa de la que murió. Su cuarto hijo, John, nació con un
problema cerebral; todavía vive con usted aquí, en la granja. En
1972 tuvo usted una primera angina de pecho y se pasó 10 años tan
enfermo del corazón que para caminar cien metros tenía que tomarse
trinitoglicerina. Y en 1982, por fin le operaron a corazón abierto
y le hicieron un ‘bypass’, pero en el transcurso de esa
intervención le dañaron la uretra, y a partir de entonces ha tenido
que ser operado otras 40 veces. Hubo temporadas en las que pasaba
por quirófano cada semana.
Sí, sí. Y todavía sigo con ese problema. Aunque ahora no es tan
crítico.
Todo eso unido al rechazo de sus teorías y cuando ya estaba
cerca de los setenta años. Es como para rendirse.
Pero yo tenía la sensación interna de que todavía iba a vivir
bastante. Todos sabemos que vamos a morir en algún momento, pero
creo que de alguna manera sabes dentro de ti si esa muerte está
próxima o no… Yo ahora mismo sé que es muy improbable que me muera
mañana, incluso con la edad que tengo. Y yo tenía esa sensación de
vida incluso entonces, en el momento de mayor negrura. Y si tienes
esa vitalidad, simplemente sigues adelante.
En 1988, con 69 años y en el momento de mayor negrura, como
usted dice, se enamoró como un adolescente de Sandy. Desde luego,
hace falta mucha vitalidad para enamorarse así.
Bueno, llevaba mucho tiempo carente de amor, digámoslo así.
Porque yo estaba comprometido con mi primera mujer por su
enfermedad, naturalmente no podía abandonarla así. Pero hacía
tiempo que estaba carente.
Luego, junto con Sandy, llegaron casualmente todos los
premios y los reconocimientos. Ha declarado usted que éstos son los
años más dichosos de su vida. Es una especie de final
feliz.
Pues sí, es verdad, exceptuando que ahora en el siglo XXI va a
haber un enorme desastre ambiental.
Hablando de finales, me conmueve cómo termina ‘Homenaje a
Gaia’, su preciosa autobiografía. Explica usted que es un hombre de
ciencia, que es agnóstico y que no tiene fe. Y añade: “Es
consolador pensar que formo parte de Gaia y saber que mi destino es
fundirme con la química de nuestro planeta vivo”.
Creo que es buena manera de contemplar el final. A veces me
pregunto por qué dejamos de adorar la Tierra, porque dependemos de
ella en todos los sentidos. Creo que fue un gran error que el ser
humano dejara de adorar la Tierra y empezara a adorar dioses
remotos.
Además, como dice en su libro, Gaia es también una vieja
dama. Ha vivido 4.000 millones de años y le quedan como mucho, dice
usted, 1.000 millones más. De manera que, en términos humanos, Gaia
viene a tener unos ochenta años, como usted.
¿No le parece hermosa esa idea de una diosa que también es
mortal, que ha envejecido con nosotros y que, al igual que
nosotros, acabará algún día?